Aksel

Elva es un lugarcito acogedor surgido al amparo de bosques de abetos, de robles, de pinos, de abedules y de árboles nórdicos que le imprimen placidez y quietud, encantadora tranquilidad que seduce y sosiega nuestro interior. Deambular por la floresta estona es tanto como cribar nuestro arcón íntimo, detectar la escoria acumulada, separar lo que archiva nuestra mente eliminando lo negativo, y purificarnos intelectual y espiritualmente. En referencia a Elva como población, hay que decir que resulta algo más grande que aldea, pero mucho más pequeña que ciudad, por lo que podemos decir que no pasa de casi villa o pueblo chico, donde residen unas cinco mil almas repartidas espaciada y holgadamente.

Elva nació allá por el 1870 como necesidad económica en el campo del transporte debido a que un sector de la línea férrea que comunicaría Tallinn (Estonia) con Riga (Letonia) habíase trazado cruzando por aquellos parajes. Debido a sus cinco lagos y lagunas, uno de ellos dentro del centro poblado, al riachuelo que discurre por uno de sus extremos, a la natural escasa densidad de vecinos, a su excelente oxigenación por la vegetación impoluta dentro de la cual germinó, y a otras ventajas que sería extenso describir, pronto convirtiose en foco de encuentro y recreo para vacacionistas dedicados a los deportes invernales o a quienes en primavera o verano anhelaban rincón de reposo alejado de los mundanales ruidos. En Elva hay perenne residencia de buhos, cantar de pájaros cantores y zumbidos de insectos de variedad de colores y tamaños diferentes, clavetear de troncos por pájaros carpinteros, jugueteo de ardillas retozonas entre los tupidos ramajes, y luciérnagas que alumbran las penumbras primaverales cuando rodeando su trayectoria celeste el Sol nos hace creer que se oculta en el horizonte.