Tertulias y Tertulios

En los tiempos actuales las asociaciones, clubs -clubs, no clubes-, círculos, peñas y demás agrupaciones, asambleas y cofradías se hallan un tanto o un mucho venidos a menos, como si con el paso de los años las personas sistemáticamente hubiesen perdido aptitudes para unirse, habilidad para reunirse; como si fuera arduo estrechar vínculos y relación directos en el aquí y ahora… ¿Será que el género humano olvida su capacidad de contacto personal? Cierto, existen la TV, el internet, vídeos, películas en casa a voluntad en el momento que uno elige, y otras ventajas de la modernidad que promueven el entretenimiento y placer solitarios, sin que la expresión entretenimiento y placer solitarios sea peyorativa sino que se refiere a que ya no nos resulta necesaria, y tampoco deseamos la vecindad ni cercanía inmediata de los unos para con los otros… ¿Quién duda ahora que con frecuencia aquél que reside en las antípodas se encuentra más en contacto con el amigo que el compañero que vive en el inmueble de al lado?

Qué lejanos quedaron los tiempos aquéllos en que un simple intercambio epistolar franqueado por correo tomase semanas y hasta meses en su ida y vuelta entre Europa del Norte y América del Sur. Menos aún por entonces deparaba grandes ventajas la llamada telefónica intercontinental toda vez que, aparte de lo oneroso del servicio, la voz sufría altibajos en su recepción, no siendo raro que los conferenciantes concluyeran más desinformados, más desorientados y turulatos que cuando empezaron. En condiciones normales ahora el skype lo soluciona todo.

Siguiendo la misma dialéctica de progreso, nos encontramos con que cada día son menos los que redactan cartas manuscritas, con el consiguiente desmedro de caligrafía y ortografía. Reemplázase las palabras completas por otras a medio escribir, como en el e-mail, por celular, etc.; las suplen por signos inconclusos, por símbolos presumiblemente matemáticos que sustituyen términos, y por trazos que nada tienen que envidiar a los más intrincados y enrevesados jeroglíficos del antiguo Egipto anteriores a la revolución de el-Amarna, tanto que para descodificarlos pronto habrá dos caminos fundamentales que escoger: ser un Champollion forzoso o, volverse imprescindible acudir a las más activas agencias de espionaje internacional para desentrañar lo desentrañable. Paralela a la pobreza escrituraria se da la indigencia mental, que manifiesta sus penurias en esa oralidad que oyéndola es para echarse a llorar. Lo real es que si no se dice nada no se calla por discreción ni por prudencia, sino por falta de pensamiento, ideas y reflexiones. Si creen que exagero sólo tienen que escuchar cómo hablan la juventud y la niñez de los tiempos actuales, así como no pocos adultos que tuvieron la suerte de nacer y crecer en tan renovadoras condiciones. Con avances de tanta bonanza damos por descontado que las sociedades enriquecerán el número de insociables o antisociales, huraños, retraídos, huidizos, tímidos, misántropos, esquivos, misóginos, intratables, irritables, coléricos, irascibles, estresados y resentidos.

¿Habrá tenido algunos de mis lectores que explicarle a un niño o a algún muchacho que qué es una carta, que qué es el servicio postal, que para qué sirve éste, cuál es su razón de ser y cómo se utiliza?

Hay también la contraparte, aquélla que individual o colectivamente alienta y acepta el apego y amistad entre los seres humanos -la vejentud-, aquélla que activa la fraternidad entre los hombres. Existen todavía asociaciones de barrio o de distrito o de la jurisdicción de lo que fuere que sobreviven a pesar de los graves vacíos que doña Pelona con su guadaña van dejando. Da gusto, de veras, comprobar que, aunque quizás no sean conscientes de su papel, por sus sistemáticas reuniones cumplen la función de proteger, preservar y transmitir algo tan hermoso como el acervo, dichos, sentencias, aforismos, máximas, proverbios, expresiones y espíritu de nuestra tierra natal, que es tanto como vivir felicidad propia y estimular la ajena.

Cuando rememoro estas instituciones, espacio preferencial ocupa en mi espíritu el Club Social Independiente Salaverry, club de mi adolescencia, club de barrio del Callao, que hoy como entonces queda en la primera cuadra de Libertad. Aquellos años de mi estrenada juventud, felicísimos y ubérrimos en gratas experiencias se hallan ligados al Club Salaverry. Sus visitas son bálsamo para mi mundo interior, donde se agolpan no tristezas sino esencias de inefables e inmarcesibles alegrías. Para mí ascender por sus gastados escalones de madera es como para el alma remontarse al eterno Edén de las delicias.

fiestaVista de una parte de la reunión de diciembre en el Club Social Independiente Salaverry a la que asistí.

Fuente: Álbum personal

Otro de estos cenáculos o gremios de camaradería es el Club la Boya, que hace seis decenios surgió de un grupo de amigos que reuníase en el Chifa Cantón, ése que quedaba al costado del Cine Porteño, allá en la tercera cuadra de la Calle Lima, Chifa Cantón que el tiempo, la crisis económica y política, y los alcaldes chalacos convirtieron en nada, si es que hay algo susceptible de evolucionar al estado de lo absoluto no ser, de no estar y de no haber.

Abundando en información, en principio el Club la Boya se reune el tercer jueves de cada mes, y lo hace cumpliendo uno de los más ansiados instante de todo varón, como es el sagrado acto del almuerzo, de refrigerios que dan pie al diálogo y al coloquio y alas a la evocación, a la recapitulación de tiempos idos, todos de muy grato recuerdo, como son los que nos proporcionan esos instantes de concordia y esparcimiento.

Confirmado el día de la asamblea, sus socios concurren al punto geométrico ubicable en algún recinto holgado, alguna terraza, algún mirador, alguna cofa de mástil de velero en tierra, de balcón con amplios ventanales de local de club, que puede ser el del Canottieri de La Punta, donde verifícase la masticación y digestión que vese facilitada por humectación de líquido elemento madurado en pipas, barricas, cubas o toneles, de lo que los circunstantes damos solemnemente fe.

fiesta2Club la Boya en su sesión del lunes 29 de diciembre de 2014, celebrada en el local del Club Canottieri de La Punta.

Fuente: Álbum personal

Recuerdo la última reunión gastronómica de fin de año. El día había amanecido trasparente. El Sol derramaba sus jubilosos rayos desde el oriente despertándonos del sueño del inicio del verano congregándonos en el referido lugar de la cita. Compañera del Astro Rey, la brisa marina de Cantolao insuflábanos energías inéditas. Surcaban gaviotas y patillos los espacios azules, aves alborozadas, generando algazaras casi ya perdidas en lo profundo de lo pretérito, allá en el remotísimo horizonte de nuestra infancia, cuya población, aunque imperceptiblemente, va recuperándose merced a la base de acogida de aves de La Arenilla. Paseamos por el balcón de la terraza y observamos los yates anclados a poca distancia de la orilla. Los bañistas habíanse ya desplegado a lo largo de la playa contribuyendo al murmullo con su habitual bullicio. El rumor de los tumbos llegaban hasta nosotros acompañados luego de breve resaca, cuyo retroceso elevaba el susurro de los cantos redondos, de las esféricas durezas líticas a modo de oración a la Madre Naturaleza. Hubo momentos previos para recorrer el edificio y observar las antiguas fotos pendentes de las paredes, retratos de personajes a los que a algunos conocimos en nuestra ya lejana niñez. Allí estaban los maduros de entonces adornados de mostachos, con escarpines algunos aún, con zapatos de hebillas y botones, con chalecos donde se advertían relojes de bolsillo sujetos a su respectiva cadena, con el remate de la leontina que sostenía dije adormilado sobre el vientre. Los anteojos de pinzas en su día debieron despejar la visión de sus dueños. Mientras me paseaba, trascurrieron los minutos. Los comensales empezaron a llegar a la hora acordada, motivando estrechones de manos y abrazos, como es peculiar y característica manifestación de acercamiento en nuestra cultura.

fiesta3Otro ángulo de la misma sesión de almuerzo mensual del Club la Boya, llevada a cabo el lunes 29 de diciembre de 2014, en el local del Club Canottieri de La Punta.

Fuente: Álbum personal

Juntos nos asomamos a observar a los bañistas, a informarnos de los sucesos acaecidos desde la última reunión, a documentarnos sobre lo ocurrido que nos resulta desconocido, y a comentar acerca de lo que fuimos partícipes. Hacia un lado, la Isla San Lorenzo alza su familiar y esbelto perfil, con su faro en el extremos boreal, apagado por la luz del día. Hacia el lado contrario, las grúas del Muelle Sur colindantes al Dársena exhiben inagotable actividad. Los buques entran y salen del puerto en incesante e ininterrumpido tránsito, acoderan a los espigones, tiran amarras y las anudan a sus bitas. Dase inmediato inicio al descargue o a la estiba. El floreciente tráfico naviero, tenaz y obstinado promete prosperidad. Todos nos sentimos dichosos y nos instalamos alrededor del tablero del refectorio. Así fue ayer. Así es hoy. Así, lo anhelamos, será mañana.

Ricardo E. Mateo Durand

El Callao (Perú)

Tartu (Estonia)

Las Ratas del Pantano

Esta es la última, dijo, casi entre sollozos. Cerraron la maletera del coche y se sentó en la parte de atrás, cogiendo tiernamente la mano de su adorada hija. Entrecruzaron sus dedos, como signo de una triste despedida, sin dirigirse palabra alguna, se encaminaban al Aeropuerto Internacional de Miami. El viaje, que les parecía una eternidad, era un suplicio para todos y ninguno profería una palabra, sólo se sentía el aliento de cada cual. El silencio pesado les estaba jugando una mala pasada, aún más nerviosos y tristes: era una despedida real, no sólo un hasta luego. Era un adiós sin retorno, la negra, como cariñosamente le llamaban sus amigos; No comprendía aún lo que había sucedido. En su mente sin malicia no atinaba a darse cuenta del gran daño que algunos habían cometido y el porqué de esta mala acción. Jamás hizo daño alguno, e, inocentemente, pensaba quizás que todas las personas eran como ella.

Llegaron al aeropuerto, tomó sus pocas pertenencias, se dirigieron al interior del mismo, a punto de desfallecer, sentía cómo las piernas le temblaban; no quería hacerlo, pero estaba obligada. Como si una injusta condena la hubiera sentenciado por algo que nunca cometió, tuvo que tomar la decisión, alejarse para siempre del país al que había emigrado hacía casi diez años, país en el que se había desarrollado no como hubiese ella querido. Pero las circunstancias de la vida le habían otorgado cierta comodidad y sosiego. Tuvo que renunciar a todo aquello por lo que había luchado tanto.

Alta, su tez morena color “miel de picarón”, como su esposo le recalcó alguna vez, y sus impresionantes ojos verdes hacían resaltar su agradable apariencia. Poseía una exótica belleza, como alguien alguna vez le mencionó. Vino de su país natal a tentar fortuna, y ¡vaya que lo logró!: vivía cómodamente en los suburbios de la ciudad, tranquila, gustaba de la lectura, de la música, y sobre todo del canto. Poseía una voz privilegiada, lo que permitía a sus amigos pedirle que les regalara unas canciones cada vez que asistían a una reunión familiar, donde era especialmente invitada para hacer lo que más le gustaba: cantar.

Nerviosa, muy nerviosa, presentó su “ticket” de viaje a la agente de la Cía. Aérea. En ese momento se escuchaba: Primera llamada para los pasajeros del vuelo # tal con destino a la ciudad de Lima, Perú…

Envuelta en su propia angustia, quería gritar, vociferar, granputear como algunas veces lo hizo en momentos de desahogo. No podía. Su mente era un torbellino de sentimientos, desagrado, molestia, ira, pero jamás venganza, en su persona nunca existiría algún sentimiento innoble…

Tomando fuerzas de flaqueza y a punto de quebrarse, atinó a abrazar fuertemente a su hija querida, como si fuese la última vez. No era el caso, pero sí era quizás el comienzo de una separación forzada que nadie quiso, no obstante que estaba obligada a cumplir, en contra de su voluntad. Rodaron algunas lágrimas por su bello rostro. Paradójicamente, sus ojos brillaban más hermosos que nunca. Sólo atinó a coger su bolso de mano y dirigirse a la salida correspondiente para tomar el avión que la llevaría a su destino. En el corto trayecto acertó a voltear y dar un último vistazo: estaban allí, con el corazón en la mano, sus seres más queridos, sin comprender aún la magnitud del hecho, se despedían con una tristísima mirada y con el deseo ferviente de un pronto reencuentro, que no estaba ya en sus manos.

Sentada en el avión pasaron por su mente los momentos más bellos de su estancia en el país. Aturdida por las rápidas imágenes que discurrieron en ese instante por su mente, sólo consiguió dirigirse al Creador con gran devoción, pidiéndole a Él lo mejor para los suyos. Con un “Padre Nuestro” quiso mitigar su pena, consiguiéndolo a medias.

Mientras despegaban, y al cabo de unos instantes miró por la ventanilla, y alcanzó a ver Los Everglades, que es la zona pantanosa del Sur de la Florida. Quizás sería la última vez que los vería. Debajo, pululaban cientos, miles de animales, alimañas de todo tipo, pero sobre todo, muchas ratas del pantano.

En algún momento, presa de una gran tristeza, Lucas recordó un “huaynito” que acostumbraba tocarle:

   “Negra del alma … negra de mi vida …

Cúrame la herida que has abierto dentro de mi pecho….

Ay negra … Ay zamba….

Quién será tu dueño mañana …

Cuando yo me muera mañana …”

————————————–

¿Estas llamando?”,

”Sí -contestó ella-…¡estoy llamando!

Después de haber logrado comunicación, y mientras esperaba respuesta en español, él le preguntaba:

¿Ya sabes lo que vas a decir?,

-fue la inmediata respuesta-.

En el otro lado de la línea contestaba una operadora:

Servicio de inmigración, operadora nro. Tal…, ¿En qué puedo servirla ? :

– Buenos días, estoy llamando para hacer una denuncia…

– ¿Qué tipo de denuncia..? -Insistió la operadora-,

– Estancia ilegal en el país –precisó ella-

Un momento por favor: voy a pasar la comunicación al departamento respectivo…

A los pocos segundos, contestó otra voz, esta oportunidad era voz masculina:

– Servicio de Inmigración: ¿En qué puedo servirla?

– Es una denuncia señor, a personas indocumentadas… –replicó-.

– Bien, ¿podría precisar por favor?

– Muy bien, mi nombre es…, de tal, y estoy llamando para denunciar a una persona por estancia ilegal en el país…

– ¿Es Usted ciudadana o residente?

– Soy residente…replicó sin importarle la manera fraudulenta en que ellos habían conseguido dicho beneficio

– ¿Podría confirmarme sus datos?

– ¿Es confidencial…? -preguntó ella-.

– Sí, es confidencial…

– Bueno, mis datos son…

– ¿Podría proporcionarme los datos y dirección de la persona denunciada?

– Sí, son los siguientes: ………

Luego de dar los datos mencionados, y sin ningún signo de arrepentimiento por la delación que acababa de efectuar, se miraron, los dos asintieron mutuamente con esa sonrisa malévola que los caracterizaba, propiedad innata de los envidiosos, hipócritas y traidores…

Lucas recordó los largos años de “amistad” con estos personajillos. Vinieron a su mente los innumerables actos despreciables en que éstos se vieron envueltos, motivo por el cual cortó dicha relación, y recordó un pensamiento:

“El que traiciona una vez, traiciona mil
el que traiciona en su casa, a su esposa e hijos,
traiciona en la calle a su socio o amigo…
El que traiciona al amigo, traiciona a todo el mundo.

La traición no es un acto, es una condición del ser humano,

No se comete una traición, SE ES UN TRAIDOR.”

Sentado y absorto en sus pensamientos, Lucas cavilaba:

“Alguna vez pensamos que Dios se encargará de castigar a este tipo de miserables, podría decir que no es así, puesto que Dios no castiga… ¡La vida da tantas vueltas!, y todo se paga en este mundo…: Quizás con una enfermedad terminal, una embolia o una simple hemorroide en el culo… Por nuestra parte, no le deseamos ningún mal a nadie, y es la propia vida quien le dará a cada quien lo que se merece.”

Asociando a este tipo de despreciables personajes, recordó un pasaje de la Biblia que nos dice:

“Pero les ha acontecido lo del proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el fango”…

(2 Pedro 2:22)

Recostado, descansando ya en casa , Lucas recordaba los momentos angustiosos de su llegada , 15 años, 15 largos años de ausencia, se recordó oteando por la ventanilla del avión mientras este descendía, vio su tierra querida desde el aire, hermosa, bella , incomparable, su Patria querida.., Lima, la que alguna obra calificó de La horrible, allí estaba, con sus luces, sus gentes, sus tradiciones…, al costado, su Callao querido. Sudaba nerviosamente, mientras caminaba hacia la salida después de pasar por Inmigración, allí estaban, sus seres más queridos, solo atinó a abrazarlos fuertemente, a la vez, miró alrededor , se percató de su ausencia…No está; no está…dijo para sí mismo… Que se va a hacer…que se va a hacer

Había disfrutado de algunos momentos de jolgorio en casa de Ursus , gran amigo de antaño; al que jocosamente se referían como Cacique de Chucuito, La Punta, San Lorenzo, El Frontón , El Camotal e islas aledañas, observaba desde el “depa” la hermosa vista, si, al frente y desde el edificio “Dos de Mayo”, se divisaban las figuras hermosas de las Islas “San Lorenzo” y “El Frontón” (de triste recordación porque fue un presidio que alguna vez fue mudo y trágico testigo de hechos deleznables), estaban los amigos de siempre, ya entrados en años, pero al fin y al cabo sus más entrañables amigos, la guitarra, el cajón, un brindis por aquí, otro brindis por allá, con el consabido Te estimo como la putamadre hermano de todos los borrachos, noche de tertulia, de música, de tragos, de amistad sincera…

Aun adormitado debido al gran recibimiento en el barrio querido, disfrutando del sonido del mar y por supuesto de la agradable brisa marina con su olor característico, en un momento se quebraron sus pensamientos con el sonido particular del teléfono…

  • ¡Hijito, te llaman ¡ escuchó..
  • ¿Quién es? preguntó…
  • Una señora… fue la respuesta
  • ¡Hola ¡ replicó Lucas…
  • ¿Como estas? se escuchó en el auricular, era su voz, si, era ella, inconfundible…

Algo turbado, solo atinó a preguntar ¿Cómo estas, como estas?

  • ¿Llegaste anoche? No, respondió, – llegue hace dos días
  • Me avisaste que llegabas anoche, ¿qué pasó?

Lucas no supo que contestar, tal vez el error de siempre de confundir los números al escribirlos, pensó…

  • Voy a ver algunas cosas y te llamo, dame tu teléfono y dirección…, a duras penas pudo coger un lápiz y escribir temblorosamente…

Se despidió de mamá, y pasó el día de aquí para allá, yendo y viniendo, inició su recorrido visitando el barrio de Chacaritas; su lugar de nacimiento, recordó la plazuela del Barrio fiscal # 3, que antaño le parecía inmensa, ahora se veía minúscula, había pasado por su querida calle Colón, escenario de tantas anécdotas y travesuras de niño, pasó por la sede del club Sport Boys, aguerrido equipo de antaño y hoy venido a menos; que conjuntamente con el Atlético Chalaco constituían la garra y el fervor deportivo de los chalacos, siguió por la antigua calle Libertad, Salaverry, Constitución; pertenecientes al Callo antiguo y de grata recordación, para recalar finalmente en la playa Cantolao del distrito de “La Punta”, escenario de tantos momentos felices de su vida.

Mirando constantemente el reloj, a la hora prevista la llamó y quedaron en reunirse en cierto lugar…

  • A las tal en punto, al costado de tal sitio…, en el barrio de San Isidro…

Para movilizarse a través de la ciudad, no tuvo mejor idea que hacerlo a través de lo que significaba ya una tradición en la ciudad, el uso de microbús, con sus asientos destartalados, sus bocinas bullangeras, viajando como sardinas en un minúsculo vehículo, que le parecía de alguna manera muy simpático, por lo folclórico , imagen representativa del la urbe.

Le fascinaba la ruta, el microbús atestado de gente de toda raza , color , credo, las luces y el bullicio de la ciudad, parado en un rincón del pequeño bus, con capacidad para 20 o 25 personas, pero a calculo ligero podrían ser unos 40…”Avance al fondo”..”Al fondo hay sitio” gritaba el cobrador, la gente alborotada respondía de mal humor, de pronto un atrevido vociferó: “Oe conchetumare, a dónde vas a meter más gente uón”…

Lucas solo sonreía, se apeó en el paradero convenido, caminó algunas cuadras, confundido, nervioso…de pronto divisó la camioneta que ella le había descrito, sí; era ella sin lugar a dudas…

El vehículo se estacionó al borde de la vereda, no atino a moverse, solo la miró, se acercó , escuchó que lo llamaba por su apellido, como algunas veces y bromeando, ella lo hacía…le tomó las manos, la besó suavemente en los labios y atinó a decirle…Hola mi amor, tenía un nudo en la garganta, 5 años de ausencia, 5 largos años que habían pasado como si fueran solo ayer, ella ; con los ojos enrojecidos reía nerviosamente, reía, solo reía, Lucas tomó su cabecita y la acurrucó en su pecho, se abrazaron con fuerza, como si quisieran recuperar esos largos años de forzada separación, se tomaron de las manos, y caminaron, solo caminaron, sin importar donde, disfrutando de la felicidad de estar juntos…como antes…

Hugo Pazos

EL COCINERO CHINO

La familia de I era de rancio abolengo. Sus antepasados poseían pergaminos que demostraban fehacientemente su prosapia y estirpe de antigua alcurnia en alianza incuestionable con otros de similar linaje que realzaban su nobleza de sangre. Aparte de los añejos títulos emparentados con el poder y la riqueza ­poderío y opulencia son hermanos gemelos­, los bisabuelos y abuelos de la señora doña Angélica de I habían demostrado talento para adaptarse a la novísima república y a su agitación, inquietudes y actividades comerciales que trajo el siglo XlX. En su conjunto, tanto como familia como en sus elementos individuales constituyentes de la misma, toda y todos se aclimataron tan bien a los nuevos tiempos que aprendieron a navegar en los más impetuosos mares, y a sacarle provecho a la situación cualquiera que ésta fuera.

Por la época en que conocí a una de sus descendientes, la referida señora doña Angélica, vástago de la mencionada familia, poseía mansión que quedaba por lo que ahora son las primeras cuadras de la Avenida Salaverry, por entonces todavía lugar sosegado y tranquilo, allá, no muy lejos del sitio aquél por donde no hacía mucho fue el Bosque Matamula, zona apacible, de excelente aire y de ozono puro por su condición de área un tanto alejada del centro de Lima.

La mansión ocupaba una manzana completa. El edificio principal erigíase en el centro del solar teniendo más allá un cenador preciso para los almuerzos en días cálidos y veladas de noches templadas, con su glorieta vecina para conversaciones, tertulias y bailes a que los ágapes de entonces traían consigo. Allí era usual la praxis dedicada a Ludi Floreales, pero no en su versión de desenfrenos sensuales sino para el sano ejercicio de las bellas letras. Así, lo que pudo haber sido licenciosos encuentros íntimos se convirtieron en citas literarias, poéticas; de inspiraciones líricas, elegíacas, bucólicas, épicas, pastoriles e idílicas, con lo que queda claro que hallábanse relacionados con la grata vertiente de juegos florales en inspiradora atmósfera teniendo a la redonda por igual árboles oriundos del Perú como aquellos otros de procedencias varias ambientados en nuestra dichosa tierra. Un poco más allá estaba la piscina, no de medidas olímpicas pero sí para el cómodo aprendizaje y la práctica sin trabas de la natación. No muy lejos, el estanque con lotos y peces de colores traídos del lejano Oriente era deleite y regocijo para la vista.

Dentro del inventario de bienes patrimoniales heredados de sus mayores, sin contar los inmuebles y muebles, que eran cuantiosos, la señora doña Angélica se vio convertida en dueña de uno semoviente de particularidades muy especiales que respondía al nombre de Fuchi­fu.

Acerquémonos a él. Mirándole el rostro, Fuchi­fu parecía palimpsesto borrado y escrito repetidas veces, tantas que ni paleontólogos ni paleólogos ni paleógrafos ni grafólogos ni expertos en críptica ni geólogos ni arqueólogos ni curtidores ni restauradores de pergaminos y cartón ni consumados papirólogos ni egiptólogos ni orientalistas ni sinólogos ni versados en Manuscritos del Mar Muerto ni de los de Nag Hammadi ni ningún avezado técnico de disciplinas ni ciencias habidas y por haber era capaz de determinar su edad matusalénica. Por la época a que nos referimos todavía no se habían descubierto las aplicaciones del carbono­14. Así, pues, la data de nacimiento como la longevidad de Fuchi­fu continuaron siendo misterios y enigmas indescifrables.

Sabíase sí, que siendo muy joven, entrando recién en la adolescencia salió del Celeste Imperio fugándose por Hong Kong. Pasando mil de privaciones, penurias, peripecias, carencias y naufragios vino a tomar tierra en una de las plantaciones del norte del Perú, donde captado no mucho después por sus eximias cualidades gastronómicas, el dueño de un ingenio azucarero, abuelo de la señora doña Angélica lo destinó a la cocina de su casona.

Fuchi­fu era asiático más bien bajo que de estatura media, más todavía cuando los años le habían hecho perder alzada. Lucía complexión casi esquelética pero sano y vital a toda prueba independientemente de su apariencia enteca, esmirriada y canija. Era hombre a quien todos compadecían por creerlo cerca de la sepultura, pero por incomprensibles paradojas era él quien enterraba a todos. Era ágil de naturaleza, rapidez que conservaba por la costumbre de deambular por los jardines, follaje y frondosidades de la finca persiguiendo animalitos que, por testimonio bajo juramento del jardinero, del agente particular de baja policía, del mayordomo, de la mucama y del ama de llaves, se trataba de batracios y roedores, aunque al regresar Fuchi­fu sólo enseñara manojos, gavillas y haces de yerbas producto de sus frecuentes excursiones que se extendían hasta coordenadas bosquematamulense.

Cualquiera hubiera afirmado que se trataba de austero monje budista o de tímido, insociable y huraño asceta solitario. ¡Nada más lejos de la realidad!: Desde antiguo había trabado amistad con compatriotas suyos, que en su mayoría residían y trabajaban en chifas del Callao, ciudad a la que de vez en cuando bajaba yéndose en carreta o carromato jalados por caballos de desgarbada estampa ­caleta y calomato decía él­, o en tlanvía, cuando estos empezaron a funcionar a principios del siglo XX.

Si la edad de Fuchi­fu era enigma pitagórico, igual ocurría con sus habilidades y pericias culinarias. Fuchi­fu hacía sopas y condimentaba adobos y guisos que eran simbiosis de la novena maravilla del mundo antiguo y moderno.

Algunas veces tentaron al abuelo para que vendiera la casona, transacción que no llegó a feliz término para el potencial adquirente debido a que el dueño se negó en redondo venderla con chino y todo. El negocio de la enajenación era incluyendo a Fuchi­fu. La cosa resultaba clara para el adquisidor: compra con Fuchi­fu porque si no, no había trato. La casona y todo lo que constituía la propiedad completa sin Fuchi­fu perdía por lo menos la mitad de su valor y cotizaciones.

Así fue como nuestro cocinero se convirtió en pontífice infalible, irrebatible desde su solio en ciencias culinarias y, por tanto, en inamovible personaje de aquella heredad. Su palabra, siempre que no excediera los límites de la cocina, devino en dogma y en artículo de fe.

Pasaron años, lustros y decenios hasta llegar a los tiempos a que me referí al principio de esta verídica narración. Con sopas y cazuelas tan destacadas obvio era que nunca faltaran comensales sentados a la mesa de la señora doña Angélica, sobre todo los autoinvitados profesionales, vástagos de familias capitalinas de campanillas venidas a menos, acuciados por hambre tenaz, desempleados y persistentes ociosos voluntarios, huéspedes que en El Callao se designa con términos múltiples: gargantas, paracaidistas, gorriones, gorrones, gorristas y gorreros. No era que formaran legión los gargantas, todos muy atildados, muy acicalados y emperifollados sin un centavo en el bolsillo, pero fechas y oportunidades hubo en que, sin duda por telepatía o arcana intuición, acudían en tropel a saborear la manduca fuchifusiana. Pasemos ahora a la cocina…

… la misma donde Fuchi­fu era soberano y señor de impenetrable reino. Era ésta de magnitudes apreciables. Sus medidas, al igual que ciertos templos se computaban en longitud de Oriente a Occidente, en latitud de Norte a Sur, en profundidad desde la superficie del suelo hasta el centro de la Tierra y, en altura, desde la superficie del suelo hasta la bóveda celeste, todo incrustado en la intemporalidad o atemporalidad más absolutas. La alacena se hallaba en una de las paredes, tan ancha y alta como la muralla en la que estaba empotrada. Había espacio para comestibles y verduras de todas las especies y climas, tanto tórridos como templados y fríos. También estaba la sección para cacharros de todo tipo: cucharas, cucharones, rodillos, vasijas, escudillas, bacías, cuencos, ollas de barro y metal, ánforas, cántaros, botijos, alcarrazas, marmitas, tazas, tazones, jofainas, poncheras, boles y mil otros recipientes propios de su arte y oficio, multinacionales y multiculturales.

El mastodonte que servía para cocinar contaba de cuatro fogones y un horno, en cuyos vanos del hogar, abajo de las parrillas, se introducía la leña o el carbón de palo, que luego se prendían utilizando astillas del mismo madero o papel de periódico ­designado papel de comercio­, hasta que los tronquitos después de paciente combustión quedaran convertidos en ascuas y rescoldos, todo a fuego lento, que era secreto de su industria. Cuando la flama tardaba en avivarse o se apagaba, entonces rociábanse con kerosene los trozos de leña o de carbón, lo que aseguraba categórica ignición.

Poseía también hornillos primus que usaba alternativamente. Sus primus echaban más fuego que soplete de gasfitero. Podía desarmarlos y armarlos hasta con los ojos vendados, sin fallar en la instalación exacta de parrillas, quemadores, empaquetaduras y niples. Nunca se le reventó ninguno.

Las ollas familiares de esas dichosas épocas eran como las que se empleaban para cocer el rancho de la tropa, ello porque había que estar preparados para las ya reveladas visitas inesperadas y espontáneas, de cuyo número ni las predicciones de San Malaquías y de Nostradamus juntos hubieran acertado. Así, Fuchi­fu ponía sobre los fogones recipientes que más eran pailas que otra cosa. Daba gusto, en el caso que hubiera sido posible observarlo en tales menesteres, ver cómo llenaba de agua y metía carnes y vegetales para luego hervirlos hasta que el borboteo y burbujeo sonaban como sinfonía para sus oídos. Cuántas ocasiones hubo en que la señora doña Angélica solicitó la gracia de hallarse presente durante los cocimientos para aprender también ella de tan eminente maestro, merced que siempre le fue denegada por el ilustre chef, negativa que no sólo se extendía a ella sino también la hubiera dado al mismo Cristo, si sólo para tal gestión hubiese bajado del cielo.

Pero todo se logra dándole tiempo al tiempo y haciendo gala de paciencia. La serena dama a modo de sugerencia había ordenado al jardinero con la mayor reserva que sin aspavientos ni énfasis le avisara cuando algún instante de ausencia de Fuchi­fu la ayudara a introducirse en su feudo. Cumpliose la coyuntura favorable en circunstancias en que éste salió para arrancar de cierta mata un puñado de hierba sazonadora. La señora doña Angélica ingresó en recinto por tantos años vedado. Miró hacia uno y otro sitio. Repasó la alacena, la despensa, los armarios, las ménsulas y anaqueles con rápido examen. No hubo para ella repisa inadvertida. Todo se hallaba impecable, limpio, pulcro e impoluto. Comprobado esto, la mirada se posó instintivamente en la borbotante paila sobre uno de los fogones. Tomó un secador y protegiéndose la mano de vapores levantó la tapa. Examinó el interior del recipiente y reparó cómo por efectos del hervor habíase establecido corriente circulatoria de abajo hacia arriba, dando como resultado el movimiento contínuo de los ingredientes que hallándose en la cresta de la efervescencia dejábanse ver por breves momentos.

Notó un no sé qué de imprevisto. Una punzante corazonada la excitó. Tomó la espumadera más a mano y con ella removió el espeso menestrón. A las zanahorias, papas, nabos, trozos de apio y poro ya casi en su punto de cocción siguieron fragmentos de carne que al principio la dama tomó como cosa natural… ¡¿Natural…?! He aquí, sin embargo, que entre esas porciones destacose algo como el cuerpo de un animal pequeño, tiernecito, esponjoso y delicado unido a una especie de larga mecha de dinamita, gorda en su base pero adelgazando conforme llegaba a la punta. ¿Sería un conejito? … ¡No…!: los conejos no tienen rabo de estas características. ¿Un cuy…? …¡Tampoco…!: los cuyes casi no tienen rabo. Éste era largo, grueso en la base, en la parte pegada al cuerpo, afinándose en el extremo final. Sus pupilas focalizaron su atención en este objeto inesperado, en esta inopinada provisión, y se le abrieron demesuradamente justo en el momento en que Fuchi­fu hacía acto de presencia estableciéndose el diálogo:

– ¿Qué significa esto, Fuchi­fu? ­inquirió la señora doña Angélica, enseñándole al chino el roedor pelado y hervido que sostenía en la espumadera­,

– Ete pelicotito, patloncita, como sapito que etá dentlo cacelola, son pala mí, pueé … Sopita menetlón y demá comilita pala ti y toó lo galgantaa limeñitooo.

Ricardo E. Mateo Durand
El Callao – Perú
Tartu – Estonia (Comunidad Europea)

LOTERÍA FATAL O DE LA SUERTE Y DE LA MUERTE

Recuerdo la última vez que lo vi. Fue el viernes 13 de diciembre de 1968, casi vísperas de mi segundo viaje a Europa. Por hallarse vinculados de alguna manera, me referiré a ambos, a él y a mi viaje … ¡Viernes 13…! … Ocurrió en circunstancias que me fui a caminar por El Callao para observar, para contemplar, para guardarme y llevar conmigo las imágenes de sus gentes, de sus calles, de su flujo de personas y vehículos, de su mercado de abastos -Plaza Grande-, de sus plazuelas -del Óvalo, Dos de Mayo, Independencia, Pérgola, Malecón-, de su compleja heterogeneidad, de sus fragancias, coloridos y sabores.

Empecé mi recorrido desde la intercepción de Guardia Chalaca con la Calle Lima. Despacio. A pie. Me movía con tranquilidad para no deambular ajeno a lo que me rodeaba sino precisamente para captarlo todo, para sentirlo y penetrarlo todo, para aprehenderlo íntegro todo con la mayor fuerza posible. Pasé por el costado del Cine Sáenz Peña, que no mucho después dejaría de existir. En el mismo sitio de aquella sala de proyecciones, en tiempos actuales se halla el edificio de la SUNARP. Al otro lado de la calle se levantaban, como aún permanecen levantados, los muros del Colegio San Antonio de mujeres.

Pasé de cuadra dejando a mi derecha la callecita Nazca y, pocos metros más allá, crucé la Avenida República de Panamá. Seguí bajando por la misma Calle Lima cuando de pronto una camioneta roja llamó mi atención. La carrocería era de rojo encendido. A la altura de Vigil, poniéndole aire a las llantas de ese mismo vehículo encarnado estaba mi amigo Ernesto, a quien los compañeros le decíamos Tito unas veces -como lo llamaban en su casa-, Fifa, otras, como le decíamos sus amigos o, al menos, parte de ellos. Quien estas líneas lee no debe asombrarse de los motes de los chalacos -chapas, se les decía por aquellos tiempos quizás para sin proponérnoslo enriquecer la polisemia de la palabra, ya de por sí abundante-. Ni en el colegio ni en el barrio había quien no tuviera su sobrenombre: cada amigo y compañero tenía el suyo. No se salvaban ni los maestros, o quizás por el hecho de serlo eran los primeros en rebautizarlos los muchachos. Son calificativos cariñosos que acompañan desde la niñez, asociándose con nosotros hasta la tumba. Los suyos eran, repito, Tito o Fifa, sin que este último tuviera relación alguna con el fútbol.

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Foto de la clase de primero de primaria del Colegio San José de los Hnos. Maristas
(El Callao – 1952)
Fuente: Álbum personal

Fifa y yo nos conocimos desde los primeros días escolares, como con la mayoría de los camaradas de la niñez. Ambos empezamos la primaria en la misma clase e hicimos juntos La Primera Comunión un año después, que fue el Día de San Luis Gonzaga (21.06.1953). Transcurrido un decenio, egresamos en la misma Promoción (Llll Hno. Pablo Nicolás). Refiriéndome a su persona añadiré que se trataba de un joven un par de centímetros más alto que yo, y de complexión fuerte sin perder la silueta esbelta de la adolescencia. Era risueño, festivo, demostrando su complacencia con sonoras y contagiosas carcajadas, sobre todo cuando en momentos de muchachonadas travesuras dábase a reir con alborozo que exteriorizaba sin estorbo:

– Jooo … jojojooo … ¡¡¡Jooooooooooooo…!!!

Lo recuerdo también cuando en el coro del Hno. Pascual, conservando la armonía a Tito le daba por cambiar palabras y frases de las canciones que el referido don Pascual nos enseñaba … Había una parte en que el conjunto debía repetir:

– Al bardero … al bardero … al bardeeroooo …

con voces bajas y decreciendo en intensidad, que en boca de Ernesto salía de manera manifiesta jugando con los efectos fónicos de la palabra:

– Al pajero … al pajero … al pajeeroooo …

… desternillándome tanto que en una oportunidad, escuchando nuestro Hno. don Pascual que por ahí alguien desentonaba descubrió en mí el causante de tamaña disonancia, indicándome con el dedo índice de la mano derecha la puerta de salida. Nunca más participé en ese ni en ningún otro coro precisamente por mi incapacidad para fundir mi voz en el armónico unísono torrente de las otras voces.

No puedo, ni tampoco deseo pasar por alto que cuando adolescentes solíamos reunirnos en La Punta para bañarnos en las aguas de Cantolao o en las de La Arenilla -a La Punta-Punta iba yo con otros amigos-. Acostumbrábamos jugar pin-pon en el Club de Regatas Unión, pero, sobre todo, nuestros encuentros eran para remar. Nos encantaba bogar. Buscábamos al entrenador, un uruguayo por entonces era el instructor oficial del club, y le pedíamos permiso para sacar yola, que nunca nos negó, reiterándonos la consabida recomendación:

Tengan cuidado, muchachos… No se alejen demasiado de la playa… Desde acá los voy a estar mirando.

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Cantolao
La Punta – El Callao
Fuente: Álbum personal

Pasaron los años con la lentitud y dilación que la adolescencia les atribuye. Egresamos (1961) y cada cual optó por el rumbo de sus sueños, de sus posibilidades, de sus proyectos y aspiraciones o de lo que fuere. El padre de nuestro amigo tenía oficina de contaduría-auditoría en la primera cuadra de la Calle Lima y, como sucede en ocasiones, nuestro apreciado compañero siguió las huellas de su progenitor. Tan bien le iba todo que en cierta oportunidad salió favorecido con el premio de lotería consistente en una camioneta de color rojo, la misma con que lo vi ocupándose de su mantenimiento en aquel minúsculo centro de servicios en una de las veredas de la Calle Lima.

Lo vi, pues, y mi primera intención fue llamarlo, pasarle la voz desde la otra acera, acercármele y conversar con él, borrar el tiempo transcurrido desde la última ocasión en que nos vimos. También despedirme. Pero me detuve: no me atreví a gritar de una vereda a la otra porque pensé que hubiese sido excesivo alboroto. Tampoco crucé: por entonces el tráfico era de doble sentido, y en ese instante mostrábase congestionado. Me contuve. Me sobreparé y me quedé viendo a mi amigo, activo, diligente y entusiasta, atendiendo el vehículo con que la suerte lo gratificó.

– Será para otra oportunidad -me dije- … Será para cuando regrese al Perú.

Paso a paso fui bajando por la misma vereda y pronto estuve a la altura del mercado. Entre Cusco y Puno, casi al frente de la puerta del mismo mercado de abastos que da a la Calle Lima quedaba la pastelería de un chino que vendía mimpaos y demás deleites para el paladar hechos de frejol colado, de dulce de piña, de miel y coco. No pasó mucho cuando el establecimiento se mudó a la Calle Cusco, justo allí donde en el pasado doblaban los urbanitos y tenían paradero, sistema que desapareció en 1965. De Cusco el mimpaonero cruzó la Calle Lima y ahora (2015) lo tenemos instalado a media cuadra de Cochrane, también casi al frente del portón de media cuadra del mercado, a pocos metros de la Calle Colón y de la antigua Avenida Buenos Aires, avenida que mucho antes de nuestro nacimiento había sido la Calle del Ferrocarril. Las crónicas nos aclaran que esta misma arteria -la del Ferrocarril- llevó el nombre de Calle de la Condesa. En nuestra época, repito, nadie se acordaba ni de la Condesa ni del Ferrocarril: se la rebautizó con el apelativo de Avenida Buenos Aires para, por último …¡¿por último?! … devenir en Avenida Miguel Grau, que es como ahora se le conoce.

Fui bajando por El Óvalo, por el costado de la Cervecería; crucé la Avenida Dos de Mayo y la Calle Miller para ver La Plazuela Gálvez … Así, pasito a paso llegué hasta el Malecón, donde me apoyé sobre el murito de mi niñez, ése que da hacia el mar. Por entonces los olores del guano había cedido lugar a los de las anchoveteras, que traían el pescado hasta el Muelle para cargarlo sobre camiones. Los camiones partían dejando su rastro de sanguaza, propiciador de resbalones, choques, colisiones y patinazos vehiculares.

Ese día viernes pasó raudo, igual que el sábado y el domingo. Aquel domingo estuve con amigos en gira por Chincha y Paracas, ocasión que fue la última en que vi a mi excelente e inolvidable maestro Pepe Ontaneda, quien falleció en noviembre del 1972 a la edad de 43 años. Llegó, pues, la noche y muy luego la madrugada del lunes 16 de diciembre. Era muy oscuro todavía cuando fue a buscarme el auto contratado por la empresa naviera Marítima y Fluvial para llevarnos a Chimbote, desde donde partiría la Motonave Paracas en directa singladura a Europa. Hice el recorrido automovilístico hasta el punto de embarque en compañía de dos profesoras de edad, que viajarían a España para consultar su salud ocular en la Clínica Oftalmológica Barraquer, y luego realizar gira turística por La Península y por algunos países veterocontinentales. Más adelante dedicaré unas líneas para hablar algo más acerca de estas dos damas.

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Foto de la clase de tercero de secundaria del Colegio San José de los Hnos. Maristas
(El Callao – 1959)
Ernesto Alcántara Falconí se halla sentado: el segundo de la izquierda respecto a nuestro maestro el Hno. Felipe Luis
Fuente: Álbum personal

La Motonave Paracas era buque carguero nada carraco a pesar de haber salido de atarazana en 1946. Aquel lunes 16 de diciembre, el cargamento estibándose era de harina de pescado fabricada de esa misma anchoveta que extraían inmisericordes e inclementes del mar, que en Chimbote transportaron en barcazas hasta ambas bandas, tanto de babor como de estribor del buque mercante. En tales circunstancias lo vi escorado, unas veces hacia un lado y otras, hacia el contrario. Al tope las bodegas, y estabilizadas estiba y embarcación, amanecido que hubo el martes 17 de diciembre, entre las brumas de la expirante madrugada de esa parte del Pacífico, que reverberaban al Sol matinal, partió el Paracas hacia el norte, hacia su punto de destino europeo, que debía ser la ciudad de Bremen.

Los pasajeros fuimos seis: las dos maestras de edad a las que he nombrado -parlanchinas, fisgadoras y fiscalizadoras, de puño en pecho, puritanas y cucufatonas, rezadoras de rosario diario; un caballero empresario con medio siglo sobre los hombros que ya había circunvalado la Tierra tres veces -don Miguel Céspedes B.-; una joven francesa de 27 años con su hijita de tres, y quien estas líneas escribe. Recuerdo que me tocó un camarote espacioso a nivel de cubierta, allá en la banda de babor. Los muebles de roble marrón oscuro se repartían por la holgada cabina. La cama, fuerte, maciza y ancha, de una plaza muy bien medida hallábase atornillada al suelo. Había escritorio asegurado igual que el lecho, escribanía con la que Cervantes se habría sentido a sus anchas para componer El Quijote. Baño propio con ducha. No faltaba nada para realizar viaje placentero que aproveché para leer casi toda la obra de Ricardo Palma. Llegado a este punto daré cumplimiento a mi promesa de informar algo más acerca de las bienaventuradas beatonas.

He olvidado sus nombres, pero sí que me acuerdo de su genio y figura, que las habrá acompañado hasta la sepultura, porque desde entonces a la fecha ha pasado casi medio siglo. Luego de las presentaciones:

Buenos días … ¿Cómo están, señoras?

¿Señoras nosotras? … No, joven, no se equivoque … ¡Somos señoritas por nuestros cuatro costados! … ¡Seeñoooritas…!

Pedí disculpas, y continuamos.

Luego de las presentaciones, repito, y de la exposición mutua de motivos del viaje a Europa, nos referimos a la ocupación de cada uno de nosotros. Ambas eran maestras de escuela. Las escuché y, aprovechando un breve silencio de ellas, que me dio pie para formular la pregunta de por qué en el Perú no estudiaban juntos los niños de ambos sexos, así como en otros países, la de mayor edad me respondió lapidariamente:
¡No! … En el Perú jamás podrán estudiar juntos chicos y chicas porque los chicos son muy mañosos.

La palabra mañoso, que fue la que empleó la casta dama de oásicos cincuenta y cinco años, apuntaba a erótico, lascivo, obsceno y lujurioso.

Como a mí me sonara exagerado, de manera educada, calmadamente le manifesté que según yo pensaba, los niños y muchachos de ambos sexos eran muy parecidos en todo el mundo, lo que fue causa para que la misma dama de mayor edad, secundada enérgicamente por la otra, volviera a la carga reafirmando lo ya expresado:

– ¡No…! … ¡En el Perú los muchachos son unos resabiosos…! Son unos libidinosos, lúdicos y sensuales,… Así como dije: ¡unos lujuriosos…! … ¡¡¡¿No lo sabremos nosotras que hemos trabajado tantos años de maestras…?!!! … Porque nosotras, señor Mateo, ya no somos criaturas y bien sabemos lo que hablamos … Yo tengo ya 55 años y mi amiga… un poco menos.

Como viera yo que estaba por demás hablar de esto o de temas conexos, nos despedimos por el momento. Quizás fue en ese instante cuando surgió cierto flujo, cierta corriente, tal vez más: cierta correntada o chiflón de antipatía recíproca. No pasó mucho en que conversando con el telegrafista le referí la charla sostenida con las dos damas, a lo que él se sorprendió:

– ¡¡¡¿¿¿Qué … 55 años…???!!! … ¡¡¡Viejas de mierda, que son ambas…!!! … Mira, Ricardo: vamos, vamos ahorita mismo al cuarto de telegrafía que es donde guardo los pasaportes.

Efectivamente, las dos damas solteras habían ya superado los setenta. Todavía más adelante agregaré algo más de ellas. Por ahora sólo añadiré relatar que nuestro itinerario no fue otro sino subir hasta Balboa, cruzar el Canal de Panamá con su Lago Gatún, y llegar a Colón, donde el barco se quedó por unas pocas horas reabasteciéndose. Saliendo de allí, aproó hacia el nordeste por el Mar de las Antillas que también Caribe llaman -como dice el poema del cubano Nicolás Guillén-, abriéndose paso entre Jamaica, Haití y Cuba, para atravesar el Atlántico por el Mar de los Sargazos, que toca algo del Triángulo de las Bermudas.

Recuerdo nítidamente cuando surcábamos el primer tramo de los nombrados, allá, como dejo dicho, entre Jamaica, Haití y Cuba. Como gaviota perseguidora de nuestro buque me acompaña todavía la canción aquélla que inundaba el éter:

Yo nací en Puerto Rico

Y en Nueva York me crié

Ay, pero nunca me olvidaré

De mi tierra borinqueña …

http://www.youtube.com/watch?v=o0SyPnYfAFI

Dejose atrás el piélago de los Sargazos y nuestra motonave Paracas surcaba aguas con frecuencia sacudidas por violentas tempestades otoñales e invernales, según fuéramos acercándonos a Europa. Menos mal esta vez no, pero sí el inmediatamente al siguiente viaje del Perú a Alemania que la Motonave Paracas zozobró y terminó con su carga en el fondo y lecho atlánticos. No he tenido noticia de su tripulación ni de su capitán, de nombre Ángel Rabí, que por entonces era hombre de 37 años, ni si entonces también llevaba pasaje, como en el verídico caso que narro por estas líneas.

Recuerdo, pues, que uno de esos días, cuando ya el ambiente habíase enfriado, con mar grisáceo intenso, el cielo se oscureció por efecto de nubarrones harto amenazadores, descendió la presión atmosférica con tanta evidencia que no se necesitaba ser metereólogo para tener la certeza que se nos echaba encima una de esas impresionantes tempestades, como que así fue al poco rato, desatándose con inaudita furia e inconcebible furor. Mientras tanto, había yo tenido ocasión de llegar a la sala de estar y viendo cuchichear a ambas damas, me deslicé con aire enigmático, por lo que viéndome ellas se animaron a dirigirme la palabra y preguntarme, cosa que era lo que yo deseaba:

– ¿Sucede algo, señor Mateo…?

Así, pues, como no queriendo la cosa, con voz lúgubre y funesto gesto, bajando la voz como si de algo tremebundo se tratara, empecé mi escueto discurso:

– Parece, señoritas, que se nos acercan momentos amenazadores, peligrosísimos…

– ¿Peligrosísimos…? … ¿Cómo así…? … ¡Explíquenos, por favor, señor Mateo: no nos deje usted en la incertidumbre, en el desasosiego …!

– Señoritas: he escuchado hablar a los marineros en voz baja, quizás para no asustarnos, que esta será una de esas tormentas rompebarcos, rompequillas, rompecuadernas, así que habrá que estar preparados para afrontar cualquier contingencia… En este instante me voy a poner en orden mi equipaje.

– ¿Rompebarcos…? … ¿Así dijeron…? … ¡¡¡Ay Señor nuestro y Dios nuestro: líbranos…!!! … ¡Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor…!

Las septuagenarias exclamaron esto al unísono, espontáneamente, mientras entre ellas cruzaban unas miradas de terror y pánico, lo que las impulsó de manera automática a meter la mano en las profundidades del bolsillo y buscar el respectivo rosario de abalorios desgastados por la devoción.

Yo me despedí como yéndome a mi camarote, pero en el camino sucesivamente me entrevisté con el telegrafista y con el caballero de cincuenta años que había circunvalado tres veces el Planeta Tierra, y ambos se morían de risa. Tanto ellos como yo pasábamos cada cierto tiempo cerca de la sala de estar. Ambas cucufatas continuaban desgranando cuentas rosariales.

Superose las gruesas marejadas del Mar de las Azores, cruzose después las embravecidas extensiones acuáticas del Golfo de Vizcaya, ingresose y saliose del Canal de La Mancha, sorteose el pasaje hasta el Mar del Norte para, por fin, después de tantos mares, tempestades y contracorrientes remontose el río Weser para arribar a la ciudad de Bremen, para mí famosa por el cuento de los Músicos de la Aldea.

Salvadas, pues, las distancias y las tempestades de invierno, llegado que hube a Europa y a Bremen, a modo de un Phileas Fogg por la premura tomé tren hasta Hamburgo, cuyo trayecto fue corto. Esperé en uno de los andenes ferrocarril para Copenhaguen, donde en ese instante no había más alma que la mía. No transcurrió demasiado cuando descubrí de pronto a un carretillero, y en castellano le pregunté si ese sitio donde estábamos era el correcto para dirigirme a la capital danesa. El hombre, coetáneo sin quererlo de las dos damas maestras, mocho de un dedo de la mano izquierda, me respondió que sí en castellano bastante perfecto. Le pregunté que dónde lo había aprendido y me dijo que en el Perú: había nacido en el Pozuzo, allá en la Provincia de Oxapampa.

En Hamburgo subí al tren de Copenhague. De Copenhague a otro con destino a Estocolmo. De Estocolmo, ferris hasta Turku. Aquí me tocó un camarote por debajo de la línea de flotación, justo donde golpeaban con mayor fuerza los bloques de hielo del Bático. Me dormí, a pesar de todo. De Turku nuevamente tren hasta Helsinki. En la capital finlandesa gestioné visa turística y, ¡otra vez en viaje!: ferrocarril hasta la antigua Leningrado, la hermosa urbe fundada por el zar Pedro el Grande (1703), que en tiempos posteriores recuperó su nombre histórico: San Petersburgo.

Aquí, en el tren Helsinki-Leningrado me sucedió un hecho curioso. Compatí el coupé o cupé con un periodista norteamericano de 27 años, a quien su diario había destacado a la Ciudad Heroica. Era hombre delgado, atildado pero con sencillez, de metro ochenta de estatura, blanco de piel, sin perilla pero con unos bigotitos románticos castaño claros a lo Gustavo Adolfo Bécquer. Nos presentamos.

Al entrar acomodé mi equipaje en el espacio idóneo bajo la cama y bajé la tapa de mi lecho vagonario, sobre el que me tendí. Yo estaba rendido por tantas subidas y bajadas y cambios de buques, trenes y ferris. A poco de hablar le di las buenas noche, me eché, pues, en mi litera y me quedé profundamente dormido. Cuando desperté abrí los ojos y lo vi …

¿Cuándo cruzaremos la frontera?, -le pregunté-.

La cruzamos hace horas -me respondió-.

¡¿Hace horas…?!

Sí, hace horas. Entraron los agentes rusos de fronteras y lo zamaquearon, lo removieron a usted, lo agitaron y voltearon sin lograr despertarlo. Ante esta imposibilidad, centraron su interés en mi persona y me han revisado todo, … ¡Todo…!

Fue el viernes 17 de enero de 1969: un mes justo de la partida de la Motonave Paracas. Entré, pues, en la Unión Soviética con visa turística por un solo día, un sólo día que fue estirándose como elástico hasta el de hoy. En este dilatado lapso de casi cinco decenios vi la larga época brezhneviana y su defunción; la sucesión de primeros secretarios pelados y peludos que hubo luego, el declive y, por último, su desintegración y la restauración de la Independencia nacional de varias de las repúblicas federadas, entre ellas, la de Estonia. Pero no: no es el devenir histórico soviético lo que deseo referir ahora sino las tristes circunstancia de la desaparición física de mi amigo Tito Alcántara y la premonición de tan luctuoso suceso revelado por imágenes oníricas.
Remontándome a los hechos he de decir que perfectamente pudo haber sido la noche previa al domingo 20 de abril de ese año de 1969, o en la madrugada de aquel mismísimo día cuando en sueños lo vi claramente. Hay opiniones que aseguran que las personas jamás soñamos en colores, que las representaciones que durante el reposo nos visitan e irrumpen en nuestro interior no se hallan en tonos, tintes, gamas ni matices, sino en figuras libres de toda pigmentación. El caso al que me refiero fue precisamente a color: tuve consciencia, clarísima consciencia, diáfana y manifiesta percepción de mi amigo Fifa Alcántara entre los fierros retorcidos de la carrocería de su camioneta roja. Tanto me sobrecogió que la emoción persistió. Me desperté y lo conté en casa. Aquí, sin embargo, no concluye este relato.

Transcurrieron las dos o tres semanas que la correspondencia solía demorar entre el Perú y la Unión Soviética – en aquellos tiempos no existía el sistema de correo electrónico-, y recibí breve misiva de mi madre:

– Te daré, Pupo, una noticia que te apenará mucho, y es que en accidente automovilístico acaba de fallecer tu amigo Ernesto Alcántara Falconí. Fue este domingo 20 de abril. Ya fui a visitar a su mamá, y le di mi pésame y también pésame de tu parte. La señora doña Graciela está desconsolada. De la noche a la mañana ha adelgazado bastante por la tristeza. Me ha pedido que te trasmita sus recuerdos, y que sin falta la vayas a visitar cuando vengas al Perú.

Hubieron de pasar aún cuatro años para esa visita. Cuando por fin en agosto de 1973 llegué al Callao una de las primeras gestiones que hice fue visitar a la señora doña Graciela. La casa en la que ella vivía era hermosísima, acogedora. Quedaba en la Calle García y García de La Punta. Poseía amplios espacios y ventanas grandes que dejaban pasar a raudales la luz solar -más intensa todavía por la cercanía de la primavera austral-, profusión luminosa y hospitalidad personal de las que resultaban el maravilloso ambiente de claridad y sosiego que allí gozábase. Percibíase las brisas salobres de La Arenilla y el rumor de los tumbos al deshacerse sobre las piedrecitas de la orilla.

Cuando la señora doña Graciela me vio ambos nos abrazamos, y así, estando juntos ella lloró unos instantes con silencioso llanto, con sollozo quedo, con lágrimas dolidas y dolientes.

– ¿Te enteraste, Ricardito, cómo falleció mi Tito?… Nunca me consolaré… Nunca se me aliviará la aflicción que siento por su partida… ¡Es una agonía, es una agonía, Ricardito! … Tu mamá me contó lo de tu sueño, y así fue el accidente, así exactamente como tú lo viste mientras dormías… ¡Qué cosas tan misteriosas hay en esta vida!, ¿no?
Conversamos, hicimos remembranzas de tiempos idos, de cuando Tito y yo nos juntábamos para irnos al Club a remar, a bañarnos en Cantolao, o cuando nos quedábamos jugando o conversando allí en su antigua vivienda de la Calle Tarapacá. Al despedirnos me hizo prometer que iría a visitarla cuantas veces pudiera…

… Ya salía yo cuando agarrando mi mano depositó en ella una joya:

– Aquí, Ricardito, te entrego la esclava de plata que perteneció a mi Ernesto. Su padre y yo se la regalamos para su cumpleaños. Él ya no está, pero estás tú. Te la entrego con mucho cariño …
La tomé agradecido y desde entonces la custodio.

Ricardo E. Mateo Durand
Tartu – Estonia
El Callao – Perú

CABEZONCITO

Para Santiago Nestor Bailly Narváez

mi amigo de siempre

Hurgando y removiendo los recuerdos en el arcón de nuestra memoria chalaca apareció de pronto la figura de un personaje del que jamás supimos su nombre ni apellidos, salvo su apelativo, entendido éste como sobrenombre: Cabezoncito.

Sería el año de 1955 cuando saliendo yo a encontrarme con los compañeritos del Barrio de Paita-Libertad, en la misma esquina de El Chino de las Tres Puertas que daba a la Calle Paita, vi allí, casi inmóvil, parado con uno de los pies apoyándose contra la pared, a un soldado, muchacho de tez un tanto quemada por el Sol y por la intemperie, al que se le adivinaba apenas egresado de la adolescencia, observando a todo sitio, pero con la tranquilidad y despreocupación que dan la juventud y la conciencia libre de toda pesadumbre. Su estatura sobrepasaba a la del promedio de varones de aquella feliz época puesto que se trataba de un hombre que superaba con ventaja el metro con 80 centímetros de estatura. Era éste de contextura delgada y esbelta, como son o solían ser los muchachos de entonces, sustentados con alimentos naturales, descontaminados, faltos y carentes de química y conservantes, personalidad no desprovista de gallardía varonil, cuya cumbre, testa redonda, veíase adornada de circularidad esférica coronada de pelo prieto, ensortijado, pasudo, que denunciaba lejana ascendencia transatlántica.

De acuerdo a la actitud de los chalacos de entonces, libre de prejuicios, convencionalismos y ofuscaciones, me le acerqué y entablamos conversación. Al poco rato ya me había contado de su origen, de su niñez, de su juventud y alistamiento en el servicio militar obligatorio. No, no recuerdo ya si fue al ejército como voluntario o si lo levaron en uno de esos reclutamientos forzosos que se daban en nuestro Perú, para lo cual no había más que salir a la calle cuando para mala suerte se topaba con un camión del glorioso Ejército Peruano, a cuya carga, sin darse cuenta de lo sucedido, izábanlo a uno a grado o a la fuerza, por lo general a la fuerza, y no paraba hasta el arribo al cuartel designado por los altos intereses de la patria, de lo cual doy fe por experiencia directa. Ocasión hubo cuando quien estas líneas escribe y tenía 18 años, yéndome al trabajo y franqueando la Comisaría de La Legua, paso obligado para tomar el ómnibus de la Compañía en que laboraba, me interceptaron y metieron en la celda de la comisaría, atiborrada ya de voluntarios para el servicio militar. Merced a que demostré que ya estaba inscrito y exonerado por la circunstancia de no haber sido favorecido en el sorteo, fue que me dejaron ir.

Aquellos de la aparición de Cabezoncito eran los tiempos en que de las ventanas del Barrio de Paita-Libertad y de todo El Callao salían las canciones de Los Embajadores Criollos, de Leo Marini -el Señor del Bolero y la Voz que Acaricia-, de Los Panchos, de La Limeñita y Ascoy, de Las Limeñitas, de Irma y Oswaldo y de otros cultores de la música nacional y de Nuestra América:

He pasado por la casa en que vivimos

Que vivimos en un tiempo tan feliz …

Eres como un tronco seco

Que aunque lo rieguen no brota

Por eso Negra te ruego

Que en mí ya no pienses más

https://www.youtube.com/watch?v=b94P1WVIQB8

Por entonces el olor oriundo, intrínseco, inherente y consustancial al Callao era el del guano de las islas, que se esparcía en el ambiente para encanto y arrobo de porteños, pescadores y vaporinos, y traspasaba de lejos la Iglesia Matriz, efluvios nada desagradables por cierto, llegando a varias cuadras a la redonda, abarcando gran parte del Callao que conocimos. Al frente de la Iglesia Matriz y del Malecón arrancaba la vía de hierro del Ferrocarril Central que, pasando por Desamparados proseguía hasta Chosica, San Bartolomé, Matucana, San Mateo, Casapalca, Tíclio, llegando hasta Huancayo en viaje de ocho horas. Continuemos.

 callao querido

El Chino de las Tres Puertas visto desde la Calle Bolivia -con el gallinero de don Humberto Magioncalda en el segundo piso-, en cuya esquina de nuestra derecha vi por vez primera a Cabezoncito, esquina que da a la Calle Paita. La de nuestra izquierda es la Calle Libertad. Para cuando la foto fue hecha, según observamos, la Pajarera donde vivía la Cieguita se había venido abajo por los sucesivos remezones telúricos.

Foto: CALLAO-QUERIDO

Cabezoncito se hizo conocido y querido en el Barrio. Todos lo aceptaron como si hubiera nacido en algunas de las casas del perímetro de la Plazuela de Paita-Libertad, o por sus alrededores: Putumayo, Necochea, Castilla, San Martín, Bolívar, Constitución, Paraguay, México, Sucre, etc.; como si de niño hubiera jugado pelota sobre su adoquinado, roto vidrios de las ventanas vecinas, hecho travesuras, diabluras y mataperradas, y recibido también los insultos de la señora doña Cara e Cau-cau o de doña Lucinda o de la Cieguita.

Ya que menciono a tan conspícuas personalidades femeninas expondré que doña Cara e Cau-cau fue una dama que vivía casi llegando a la Calle Montezuma. Tenía el don, sin duda divino, consistente en atraer pelotas cuando pasaba por la Plazuela de Paita-Libertad, donde los muchachos jugaban. Inevitablemente ya fuese en trayectoria directa o parabólica, la redonda salía disparada a la nuca de tan venerable dueña, deshaciéndole el esmerado moño, que más parecía falso que natural, igual que la peluca. Desquitábase la ofendida humillando al culpable, recordándole presuntas procedencias prostibularias de la autora de sus días. Le decían la Cara e Cau-cau debido a que su rostro era tan rugoso, granuloso, agrietado, cuartelado, resquebrajado y desigual que resultaba fiel reproducción y copia del estómago de mamíferos rumiantes, similares a los que la madre de Darío preparaba en el brasero sus pancitas y choncholíes, de lo que alguna vez trataremos.

En cuanto a doña Lucinda, zamba de pura cepa, fue dama cuyo domicilio se hallaba en la Calle Bolivia, frente por frente del de mi amigo Néstor Bailly Narváez. De niños, Néstor y yo nos sentábamos en una de las dos escalinatas de ingreso a su casa, especie de cofa desde donde avistábamos las parejas que requerían lugar apropiado, retirado y autónomo de las miradas indiscretas para la ejecución del antediluviano y remotísimo acto amoroso, con lo que queda dicho que doña Lucinda alquilaba por horas, ¿o a destajo?, ¿o a tanto por cuanto?, ¿o a cuánto por tanto? o a cualquier otra modalidad de pago según conviniera, los dos o tres cuartos de su vivienda, donde su industria comercial y de sobrevivencia había instalado otros tantos catres chirriantes y crujientes, con somier de alambre y colchón de paja que si hubiesen hablado hubieran podido sin duda contar interesantísimas historias que consignaríamos en nuestras crónicas.

Solía ella salir a la calle calzando babuchas de fielto amarronado ya chancleteadas por su uso de decenios. Se desplazaba lentamente, como pidiéndole permiso a las piernas que, según ella, en sus tiempos mozos hizo la locura de no pocos varones a quienes hacíales peligrar la vida trenzándolos en asfixiantes llaves promovidas por arrebatos eróticos. Caminaba, pues, despacio y para mirar, fuese a la banda de estribor o a la de babor, debía plegar velas, sobrepararse y echar amarras a las bitas girando completamente el casco de la nave corporal: por entonces la flexibilidad de sus cuadernas y quilla era narración digna de figurar en crónicas veterotestamentarias:

– Aquí donde me ven ustedes –nos decía a Néstor y a mí-, en mi juventud he usado calzones, sostenes y vestidos que ninguna blanca chalaca de mis tiempos poseía y se hubiera muerto de deseos por ponérselos

… a lo que Néstor y yo asentíamos con la cabeza para dejar fehaciente ratificación que creíamos lo que nos afirmaba, hecho lo cual la dama enderezaba el cuerpo y reanudaba su derrotero a sotavento, que era a la tienda del japonés Koki o a la verdulería-frutería del señor don Mango, que quedaban a escasas diez brazas de distancia.

el puerto de callao

Vista del Malecón y Muelle Dársena del Callao tomada por el autor de esta narración el lunes 02 de mayo de 1966 desde la terraza de la antigua Capitanía, fecha del Primer Centenario del Combate del Dos de Mayo (1866).Paralela al Malecón iba la línea férrea que recorría el tren transportador de guano de las islas llevándolo a los depósitos de Chucuito.

Foto: Archivo personal

Aprovecharé igualmente la ocasión para hablar dos palabras de la Cieguita. Era ésta persona septuagenaria larga, pero de mucha vitalidad, lo que indicaba a gritos que era del Callao y que desde su nacimiento la habían alimentado de pescado preparado en cebiche, aguadito o escabeche. Le decían la Cieguita porque lo era. Vestía con faldón casi hasta los tobillos y con zapatos negros, de tacones, sujetos con pasadores, con lengua que sobresalía un par de centímetros sobre el empeine, como era moda de la época entre las respetables señoras de su edad. Al igual que doña Cara e Cau-cau, la Cieguita coronaba la coronilla de esmerado moño. A modo de faros jamás encendidos, llevaba anteojos redondos, de vidrios negros encuadrados en marco de metal. Vivía en la misma Calle Libertad, casi llegando a la de Putumayo, donde se alzaba un inmueble de tres pisos habitado más que enjambre de avispas, colmena que, como se entiende, era hervidero de gentes de todas las estaciones vitales, con mayoría absoluta de criaturas. Este bien raíz debió de ser modelo y prototipo de las futuras pajareras creadas por la civilización.

Yo la recuerdo cuando salía con su bastón, con el que iba tanteando las irregularidades y oquedades de las veredas de la Calle Libertad. Sucedió que a mediados de los años cincuenta, la Municipalidad o la Junta de Obras Públicas del Callao, o ambas a la vez, emprendieron el cambio y saneamiento de las tuberías de desagüe, para lo que empezaron retirando el empedrado y practicando zanjas de más de metro y medio de profundidad por uno de anchura, que quedaron por mucho tiempo abiertas, en previsión, seguramente, a la posibilidad de que en hipotético conflicto armado internacional fueran usadas a modo de trincheras. La apertura de tales surcos fue motivo de sorpresa para los roedores y mucas peludas del tamaño de gatos -que pululaban en el Barrio-, empezando los roedores a habituarse en el turismo de exteriores. Viéndose inesperadamente a cielo abierto aprovechaban para salir a tomar el Sol y respirar las brisas guaneras. Hago mención de esta importante circunstancia porque la Cieguita dejó de confiarse en su báculo, y sacó de no sé dónde un muchacho coetáneo nuestro que la llevaba de la mano a hacer las compras.

El joven timonel la conducía, pues, del brazo, cabreando y esquivando huecos y tratando que la buena señora no descendiera de golpe hasta las profundidades de ninguno de los zanjones. A pesar de la dedicación del imberbe, la vieja lo requintaba, lo insultaba, le jalaba las chiflas, le tiraba cocachos y pellizcaba por quítame esta paja colmando con ello la paciencia del muchacho, tanto que, seguramente, sobrepujó su capacidad de aguante. Cuando ocurrió el punto de inflexión, el mozo la hizo pasar sobre la superficie que había tenido adoquines, pero que ya no los tenía porque los habían retirado, precipitándose la bruja en el vacío y yendo a parar de moño contra el fondo de la concavidad. Varios obreros tuvieron que desclavarla y sacarla tirándola de las calancas chalonudas. Cuando lo lograron, la beata no pudo consumar venganza alguna porque su guía en el Señor se había hecho humo. Dejo constancia que no lo he vuelto a ver hasta el día de hoy. Dicho esto, nos vamos otra vez donde Cabezoncito.

Que Cabezoncito sostuviera relaciones de trabajo con la policía sí que las tenía ya que la Benemérita debió haber empleado constancia y destreza para enterarse de sus andanzas. Hubo, sin embargo, ocasión en que se dedicó a la política, como paso a referir.

Durante la campaña para las elecciones presidenciales de 1962, la misma que culminó en golpe de estado militar, Cabezoncito fue contratado por el Partido Acción Popular para que jugara papel de principal relevancia, que no era otro sino mezclarse con el pueblo y esperar a que apareciese el arquitecto don Fernando Belaunde Terry. Sólo dejándose ver tan simpático y joven candidato a la primera magistratura del Perú en las concentraciones populares donde se oía su verbo encendido y sus fervorosas arengas enfatizadas con el brazo y mano de ¡Adelante!, era la señal para que electrizado por encanto y seducción el gentío lo rodeara, toque clave e instante idóneo en que a modo de gesto espontáneo de la masa emergía Cabezoncito y lo cargaba poniéndoselo sobre hombros. Era el recorrido triunfal del adalid. El referido golpe de estado aguó la fiesta frustrando en los años sesenta las expectativas de Cabezoncito y de muchos otros, pero, en el caso de nuestro biografiado se convirtió en leyenda de su paso por la historia de la alta política nacional. Por decenios mantuvo encandilados a sus oyentes ilustrándolos cómo -palabras textuales- llegó a ser el aguantapedos del arquitecto Belaunde Terry.

Sin duda habrá quienes piensen que personajes como Cabezoncito fueron incorregibles pillos, redomados ladrones en toda eventualidad y coyuntura, sin Dios ni Patria ni bandera, lo que no es verdad. Para demostrarlo referiré lo que sigue:

Saliendo alguna vez mi madre de la Plaza Grande, como también se le dice al Mercado Central del Callao, cargando la canasta de compras se encontró con Cabezoncito, episodio que también ocurrió con Vaga, con el Cojo, con el Tuerto y con algunos otros prohombres del Callao de entonces. El Cabezoncito se ofreció para llevarle el canastón hasta la casa, a lo que mi mamá aceptó gustosa quedándose en las inmediaciones del mercado para atender otros asuntos y gestiones. El Cabezoncito cumplió su promesa a plenitud y cabalidad. Ocurrió que poco después mi mamá lo vió y le reiteró su agradecimiento, a lo que el encomiado le preguntó si no había tenido miedo que desapareciese con la canasta:

– ¡Cómo se te ocurre, hijito -le respondió mi mamá-, que voy a desconfiar de ti, si sé que eres un excelente muchacho! … Muchas gracias, otra vez, Cabezoncito, y que Dios te lo pague.

Más de cincuenta años han transcurrido y muchas cosas han cambiado en El Callao, algunas lamentablemente desaparecieron para siempre, pero perduran incólumes, intactas y nítidas en la evocación las figuras y el recuerdo de Cabezoncito, Vaga, el Cojo, el Tuerto, doña Cara e Cau-cau, doña Lucinda la zamba, la Cieguita, las hermanitas Chalona, el maestro Angulo, Jocobo el Leñador, el carpintero Taboada, don Humberto y su gallinero, y otros personajes de nuestro reputadísimo Barrio de Paita-Libertad.

Aquí acabo con Cabezoncito dejando caer la tapa del arcón, de nuestra auténtica veta y filón de tesoros, del achivo de nuestras gratas remembranzas, y será hasta la próxima.

Ricardo E. Mateo Durand

Tartu (Estonia) – Comunidad Europea

El Callao – Perú

Aksel

Elva es un lugarcito acogedor surgido al amparo de bosques de abetos, de robles, de pinos, de abedules y de árboles nórdicos que le imprimen placidez y quietud, encantadora tranquilidad que seduce y sosiega nuestro interior. Deambular por la floresta estona es tanto como cribar nuestro arcón íntimo, detectar la escoria acumulada, separar lo que archiva nuestra mente eliminando lo negativo, y purificarnos intelectual y espiritualmente. En referencia a Elva como población, hay que decir que resulta algo más grande que aldea, pero mucho más pequeña que ciudad, por lo que podemos decir que no pasa de casi villa o pueblo chico, donde residen unas cinco mil almas repartidas espaciada y holgadamente.

Elva nació allá por el 1870 como necesidad económica en el campo del transporte debido a que un sector de la línea férrea que comunicaría Tallinn (Estonia) con Riga (Letonia) habíase trazado cruzando por aquellos parajes. Debido a sus cinco lagos y lagunas, uno de ellos dentro del centro poblado, al riachuelo que discurre por uno de sus extremos, a la natural escasa densidad de vecinos, a su excelente oxigenación por la vegetación impoluta dentro de la cual germinó, y a otras ventajas que sería extenso describir, pronto convirtiose en foco de encuentro y recreo para vacacionistas dedicados a los deportes invernales o a quienes en primavera o verano anhelaban rincón de reposo alejado de los mundanales ruidos. En Elva hay perenne residencia de buhos, cantar de pájaros cantores y zumbidos de insectos de variedad de colores y tamaños diferentes, clavetear de troncos por pájaros carpinteros, jugueteo de ardillas retozonas entre los tupidos ramajes, y luciérnagas que alumbran las penumbras primaverales cuando rodeando su trayectoria celeste el Sol nos hace creer que se oculta en el horizonte.